La música de los 2010

Esto no es un conteo: La música de los 2010 viendo hacia los nuevos 20

La música de los 2010 fue revolucionaria. Democrática. Un cambio de juego. Pero ¿qué apuntes tiene para lo que escucharemos en 2020 y los años por seguir?
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Los 2010 fueron un período marcado por la evolución en las propuestas musicales de toda una generación para todo escucha posible. Los diversos juegos de la representación y las búsquedas por la identidad hicieron que estos años se convirtieran en una autoexploración sonora como pocas veces lo habíamos visto: fuimos testigos de estigmas derribados, orgullos geográficos en la industria y propuestas incluyentes o con una marcada conciencia social.

Si bien las revoluciones en la música –las verdaderas– se han dado siempre desde los límites de la alteridad y la renuncia a hegemonías caducas, e históricamente la innovación ha sido antagonista de los sistemas privilegiados, fue en esta década cultural que cantantes y músicos fuera de los esquemas (tradicionales) se vieron respaldados por la industria y el hastío de los escuchas para echar a andar proyectos antinorma.

Aunque tampoco romanticemos. Bastante de los géneros y las estéticas que brillaron en la industria musical de los 2010 también se fundamentó en la apropiación. Tanto de ritmos como de lenguajes y códigos proipios de determinadas comunidades. Y cuando no, fueron fruto de los revisionismos en torno a marginaciones, invisibilidades o circuitos subculturales. En todo caso: resultado de otredades incrustándose en el mainstream – otra vez -. Y ese tema nos daría para hacer una buena lista de “peros” ante la escena actual.

La salvedad de esta ocasión

 

Contra la tradición de que intérpretes blancos canten y bailen como negros –sí, negros, porque la negritud como fenómeno cultural se dice desde allí–. Derribando la costumbre de que el cantante masculino deba obedecer a un cánon de machismo o seducción heteronormada. Rompiendo la prohibición de que una cantante femenina y sexualizada no pueda conjugar ese sex appeal con su ser-madre o su ser-esposa. Y con un largo etcétera que debilita viejos estándares de color, género, política, origen y demás: así se hizo la música de estos diez años.

A partir de la pesquisa por la autenticidad y la voz rebelde.

Si algo tenía que decirse, se hacía desde su horizonte de emergencia (y urgencia). Con todo lo que eso conllevara. Y así fue como se (auto)descubrió y consolidó la comunidad del reguetón –que terminaría por reivindicar al género–. Que se habló de experiencias y expresiones fuera del heteropatriarcado y con miembros de la misma comunidad LGBT+ o los feminismos. Cuando, finalmente, los afectados por cada situación o geografía se podían ver privilegiados en el derecho de narrar su realidad, aunque otros también lo hicieran en pos de una tendencia.

Moda o no, se crearon olas y se identificaron los porqués y los cuándos de las interpretaciones. Se respetaron propuestas específicas y se abrazaron proyectos que le hablaron a comunidades o personas determinadas.

Se creó un diálogo y se reconoció a los emisores de ciertos mensajes. Especialmente a aquellos que crearon puentes entre la contemporaneidad y las tradiciones, los orígenes o las identidades marcadas. No son fortuitos los casos de C. Tangana, Rosalía, J Balvin y Bad Bunny. Tampoco los discursos político-artísticos de Beyoncé o de Drake.

Los listados

 

Como es ya una tradición, grandes medios especializados –y otros no tanto– dedicaron este pasado diciembre de 2019 a generar conteos de revisión musical para la década (cultural) por terminar. Si nos remitimos a las aclamadas, que cuentan con la trayectoria y el histórico criterio para determinar cuáles fueron los álbumes que marcaron los 2010, podemos mencionar a la Rolling Stone, a VICE y a Pitchfork.

Ya sea por su amplia capacidad de crítica y análisis, o porque han demostrado a lo largo de los años su visión certera con respecto a la evolución de la música –es decir: dónde hay fondo y dónde sólo forma–, hemos decidido cruzar sus decisiones finales, con tal de obtener un panorama general y bien respaldado. Si cotejamos los 10 títulos de cada editorial podemos notar, entonces, que algunos nombres se hacen elementales.

Entre ellos y sin duda alguna: Lorde, Drake, Kendrick Lamar, Beyoncé, Kanye West, Frank Ocean y Solange. Notable es que estos dos últimos se podrían disputar, por lo menos en el discurso, el primer lugar de los álbumes más influyentes de los 2010.

También distinguible que todos estos intérpretes, en convoy, cambiaron la forma en que se jugaba con los géneros musicales para crear nuevos horizontes, y transformaron la manera en que se experimenta la música mezclando plataformas, redes sociales (YouTube) y soportes audiovisuales. Sin contar que fue con ellos que se inauguraron líricas actuales de género, queerness, racializaciones, sexualidad, conflictos políticos, personalidades y orgullos.

Asimismo, es relevante que en estos listados se nombre a Robyn –cantante sueca que se enarbola en las complejidades de su ser-mujer y del futuro del dancefloor–, a Vampire Weekend durante su etapa de mayor reflexión existencialista, a una introspectiva Fiona Apple, a una extremadamente madura Rihanna, a un David Bowie ambicioso y casi profético, y a LCD Soundsystem atravesando un proceso de estudio sonoro para el porvenir.

Los demás obligan a escucharse con detenimiento, aunque no pertenezcan al conocimiento popular (Rich Gang, Power Trip, DJ Rashad, etcétera), para ser comprendidos desde la historia personal.

El mañana

 

Es peculiar. “Los dieces” durante su transcurso no nos hicieron sensibles a la idea de que ya teníamos un nuevo siglo bien arrancado. En comparación, “Los veintes” hacen más palpable ese proceso tanto pasado como futuro.

Y en términos musicales, nos hacen ver hacia atrás y mirar con mayor fuerza hacia adelante. Si algo sustancioso se rescata de esto es que, justamente, hay una revolución sonora y artística en la escena internacional que no debemos parar. Que logramos un cambio de paradigma y ése es que la música es más democrática que nunca; ya sea por las innovaciones tecnológicas, ya sea por la disolución de géneros lineales o tradicionales –allí están Billie Eilish y Alex G–. Hay un fuego que se escucha y, en vez de extinguirlo, es obligatorio avivarlo. No por la industria, no por el mercado en sí. Sino por la calidad de lo que escuchamos y la luz que esto imprime sobre nosotros.

La música de los 2020 será para pensar y hacernos evolucionar como seres humanos, o no será.

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