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¿Los que importan son los niños en falda? Las políticas del vestido y el uniforme escolar

La modificación en cómo nos vestimos no es para “homosexualizar” a nadie ni para confundirles, es para alcanzar la igualdad de género y libre desarrollo de los seres humanos.

«Creo que quedaron atrás las épocas en donde las niñas tenían que tener falda y los niños tenían que traer pantalón. Yo creo que eso ya pasó a la historia. Los niños pueden traer falda si quieren, y las niñas pueden traer pantalón si quieren. Ésa es una parte de la equidad, de la igualdad», dijo Claudia Sheinbaum –Jefa de Gobierno de la CDMX–, quien anunció esta posibilidad en el vestido escolar para el próximo ciclo 2019-2020.

Claro, no faltaron aquellos que se escandalizaron y pronunciaron en contra de esta medida, como si se tratara de un acto aberrante y perverso; asimismo, no se hicieron esperar los medios de comunicación que, con sed de sensacionalismo y clicks en sus páginas, arrojaron encabezados del tipo: LOS NIÑOS USARÁN FALDA EL PRÓXIMO AÑO. Pero, ¿de verdad se está entendiendo esta decisión? ¿Se comprende de fondo este cambio de paradigma en la indumentaria escolar desde ambas partes (defensores y detractores)?

Antecedentes

 

Aunque el uniforme en las escuelas tiene como principales fines tanto el establecimiento de normas y su incuestionable acato –un punto no tan a su favor–, como la cero distinción entre el alumnado en términos de posición social o económica, no debemos olvidar que éste mismo puede convertirse en una herramienta de discriminación y condicionamiento de género.

La distinción clásica en el uniforme escolar entre niños y niñas, usualmente respaldada en el sexo biológico, se ha instaurado desde hace muchas décadas para convertirse en algo por sentado. Casi inamovible. Sin advertir que es a partir de esta indumentaria de colegio que se nos adecúa para el futuro desempeño en sociedad; es decir, los uniformes en el ejercicio de un espacio escolar –patio, aula, etcétera–son reflejo directo de cómo se organiza la vida social de los adultos. Por ejemplo, cuando los niños juegan a la pelota durante el recreo, las niñas no pueden darse ese lujo y enseñar los calzones frente a la escuela entera; su lugar es la periferia. Allí donde su «naturaleza» tranquila y apacible necesita desdoblarse mientras juega a la comida, las muñecas o cualquier cosa que la mantenga sentada. Otro ejemplo: desde muy pequeñas son obligadas a avergonzarse de su sexo y su ropa interior, mientras sus compañeros varones esperan debajo de las escaleras para que ellas pasen.

Es frente a tal escenario que la iniciativa de un uniforme neutro o de libre elección genera ruido. Es allí donde nos vemos en la obligación de formar y educar a nuestros estudiantes en la igualdad y en el respeto a las diferencias. Incluso en la toma de decisiones realmente en libertad.

¿A qué se invita?

 

Cuando hablamos de niñas en pantalón y niños en falda se alude a la eliminación de diferencias. Desde las más simples hasta las más complejas. Por mencionar, igualar la experimentación de los espacios públicos o compartidos a partir de la indumentaria; ningún ser humano debe ser relegado de sus acciones sociales sólo por la manera en cómo viste. Desde el patio de recreo hasta el corporativo.

Si hay padres que en un futuro cercano apoyen a sus hijos varones en el uso de faldas, ¿qué podríamos estar reconfigurando?

  1. Para empezar, que las niñas no piensen más que sus cuerpos están allí sólo para ser observados en la docilidad, o que tanto niñas como niños adviertan que su corporalidad es un medio de comunicación de quiénes son.
  2. Que los niños y hombres jóvenes tomen conciencia de que su identidad también está en el cuerpo y cómo lo ejercen; así como las niñas y mujeres jóvenes reconozcan que no sólo en él se encuentra quiénes son.
  3. Que niños y niñas identifiquen nuevos lenguajes corporales.
  4. Que a partir de esta posibilidad, las niñas renuncien a las prácticas disciplinarias de antaño que engendran cuerpos dóciles en las mujeres que serán.

El foco en todo esto no son los niños

 

Así, el mayor beneficio es para las niñas. Los varones con falda o no –que sería increíble de suceder– no son los sujetos exclusivos a favorecer con esta práctica. A partir de un cambio de posibilidad en la vestimenta escolar, porque esto no es una imposición, se puede revertir lo que Foucault advertía como un cuerpo dominado. Aquél que, según este autor francés, «puede ser sometido, puede ser utilizado, puede ser trasformado y perfeccionado» para ser distribuido en el espacio, por zonas y rangos, así como en sus acciones. La dominación patriarcal del cuerpo de la mujer, diría la doctora Lois McNay en sus estudios de políticas ontológicas.

Esto, a la larga, puede ser la génesis para un cambio en:

  1. Las técnicas de control que pretenden canonizar un cuerpo de cierto tamaño y apariencia, que comienzan a corta edad con preocupaciones por la depilación o el color de piel, y devienen durante la adultez en la urgencia de la cirugías estéticas y dietas, entre otros.
  2. Las normas que tienen por objetivo consolidar una sola forma de expresión corporal femenina (la forma de moverse, la mirada, los gestos) y su posterior objetivación.
  3. Los estándares de belleza que se disponen sólo a mostrar un cuerpo como una superficie decorativa.

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¿Qué nos asusta de un niño en falda?

 

Seamos sinceros. El escándalo no es porque una niña pueda usar pantalón. Desde hace mucho se permite que ellas traigan pants en días de frío, excursiones, clases de educación física y demás. El llanto viene cuando se propone que un niño use una prenda «femenina». ¿Es acaso porque con esta posibilidad le estamos quitando su tradicional desempeño social a los géneros, especialmente a los varones? ¿Porque a los niños se les está invitando a que experimenten el mundo desde el vestido de las mujeres (y sus goces y problemas)?

¿Es que esta reforma en el vestido evidencia y trastoca los privilegios que goza el género masculino? ¿Nos hace conscientes de lo vergonzosas que son nuestras imposiciones sociales hacia las mujeres? ¿Nos rompe ese mundo donde los hombres son, a leguas, el sexo con mejores oportunidades y libertades?

Dice Merleau-Ponty –filósofo francés del siglo XX– que nuestros cuerpos no son sólo el lugar desde el cual vivimos el mundo, sino que, a través de ellos, llegamos a ser vistos en él. En ese sentido, la indumentaria se vuelve primordial; en específico durante los años de escuela. Vestirse siempre es una práctica corporal contextuada –se adapta a situaciones muy distintas y con base en cómo queremos ser contemplados–, no hay o no deberían existir reglas al respecto, y más allá de buscar una confusión de géneros o una imposición de orientaciones sexuales, lo que se encuentra de fondo en esta iniciativa es hacernos más reflexivos en torno a lo que vestimos, lo que no vestimos y lo que visten los demás, en total aceptación de nuestras igualdades y diferencias.

Conclusiones

 

Promoviendo una indumentaria sin género o neutra en las escuelas, se apuesta por un vestido capaz de borrar todas estas prácticas disciplinarias que funcionan como un sistema de micropoderes, que son esencialmente desigualitarias. Para que los estudiantes ejerzan su libertad de expresión, no se estandaricen en una identidad impuesta y reconozcan las vivencias de los otros. ¿Un niño en falda se depilaría para lucir sus calcetas con propiedad? ¿Exigiría a sus compañeras entonces ese mismo hábito? ¿Una niña en pantalón reprendería a un compañero por agacharse de más en el salón? ¿Las generaciones del futuro seguirán asustándose con el sexo de los demás?

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Un poco de todo esto, si continúa causando escozor la idea de un joven varón en falda, es que a través de una prenda –porque el vestido es una poderosísima herramienta y archivo de nuestra historia– el párvulo género masculino empatice con las experiencias de movilidad, escrutinio público, belleza, ejercicio físico, identidad y otras, de sus compañeras de colegio.

A los adultos nos queda trabajar para que todos, en falda o pantalón, gocen de los mismos derechos y respetos; la modificación en cómo nos vestimos no es para «homosexualizar» a nadie ni para confundirles, es para alcanzar la igualdad de género y libre desarrollo de los seres humanos.

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