Y un día de 2026, el Mundial finalmente volvió a México. Y contra todo pronóstico, se trató de un verano memorable e intenso, que desde ya es atesorado en los recuerdos de millones. Fueron tres semanas donde la gente de a pie reivindicó el origen popular del fútbol con celebraciones masivas en las calles como respuesta a la Copa del Mundo más elitista e inaccesible de la historia. El verano en el que las calles se tapizaron de verde como nunca antes, en el que un grito de gol conmovió hasta las lágrimas y los festejos alimentaron una y otra vez la creatividad incombustible de un país doliente pero siempre dispuesto y en busca de motivos para celebrar.
El verano en el que Aquí no es así y las trompetas de Juan Gabriel se hicieron himnos, y las plazas públicas fungieron como punto de encuentro para identificarse con los demás en celebraciones excesivas y caóticas, fiel reflejo de un país profundamente violento y desigual, pero también solidario y soñador. Este fue el verano en el que millones de personas, incluso sin identificarse como aficionadas, se contagiaron por la fiebre mundialista y se entregaron sin reservas a una selección en deuda permanente con su afición y cuyos dirigentes priorizan desde siempre las ganancias sobre los logros deportivos. Sin embargo, nada de lo anterior importó ante la euforia colectiva, la ansiedad social por pertenecer y la esperanza de conseguir lo impensado para un país acostumbrado a abrazar la derrota.
Porque como dice Villoro cuando asegura que el “¡Sí se puede!” como grito de guerra en las tribunas es la demostración empírica de que normalmente no se ha podido”, esta vez fue el “¿Y si sí?” el que se instaló como un salto de fe en toda regla: creímos sin evidencia alguna de que pudiera ser posible, pero siempre con el deseo irrefrenable de trascender. Un fuego que crece y se desborda mientras más se comparte, y que hace del fútbol ese juego que nos tomamos muy en serio, que igual nos hace reír que llorar, que nos ahoga en un trago amargo o en una explosión de felicidad. Y todo esto, ese paso improbable y milagroso de lo trivial y desinteresado a lo sagrado y trascendente cobra sentido únicamente porque el fútbol está construido por vínculos sociales, porque evoca nuestras memorias y reafirma nuestra identidad: igual es la materialización de un puente emocional entre padre e hijo, que la herencia de amor y la lealtad a ciertos colores, las tardes en la cancha (o en el sillón), o los sueños de trascender de los que ya no están.
Sin embargo y pese a los discursos más idealistas de patriotismo y unión, el Mundial no borró nuestras desigualdades. Se trató de una realidad palpable, por ejemplo, para quienes buscamos con ahínco un boleto desde hace años. El discurso oficial defendido por la FIFA asegura que se trató de una lotería, donde la suerte decidió quiénes resultaron seleccionados en el sorteo. La realidad es un poco más compleja que la ilusión democrática de la probabilidad: en el fondo, se trata de una industria que mira con desdén a los aficionados de a pie y cada vez más, hace del fútbol (y en especial de la Copa del Mundo) un entretenimiento de lujo al alcance de apenas un puñado de consumidores que, ocasionales o no, aficionados u oportunistas, tienen la capacidad económica para vivirlo en los estadios, o bien, los contactos correctos para hacerse de un lugar.
Afuera del Estadio Azteca, una fiesta popular que crece como si se tratara de una coreografía impulsada por la memoria de las calles y conocida por una multitud sin saberlo se repite durante cada partido: una vez que arranca el juego y el rugido del coloso es lo único del interior que se puede percibir desde fuera, miles de familias, vecinos y curiosos –todos sin boleto y arrastrados por la fiebre mundialista– inundan la calle con la única intención de vivir de cerca el ambiente de una Copa del Mundo. La alegría es total con cada triunfo de la selección. Entonces no dejo de preguntarme: ¿Es posible haber vivido el Mundial a plenitud sin entrar a un solo partido, sin llenarse los ojos del verde brillante de la cancha del Azteca que quita el aliento siempre como la primera vez, sin haber escuchado el himno cantado a todo pulmón por 80.000 personas, ni asombrarse por la distancia insalvable con la tribuna de enfrente?
En la memoria de un sinfín de aficionados, cada Copa del Mundo funciona como un indicador emocional del paso del tiempo, una cronología personal que salta de cuatro en cuatro y se alinea dentro de los grandes capítulos de la vida. Desde ahora, el capítulo del Mundial de 2026 se une a la lista de esos relatos que hacen época, forjan nuestra identidad y definen la actitud de millones ante momentos históricos. Las generaciones que no vivieron 1970 ni 1986 ya tienen su Copa del Mundo, una que explotó en las calles, lejos de los estadios, de días y noches entrañables. Una anomalía histórica, un registro atípico entre la colección de momentos memorables de la vida donde por un instante la épica se impuso a la realidad; las obligaciones y el peso de la rutina cedieron al balón y donde durante un par de horas, nada parecía más importante que las emociones que nos reúnen alrededor del juego.