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Bomba atómica de Hiroshima: a 77 años del infierno nuclear que cambió al mundo

La bomba atómica que cayó en Hiroshima no solo puso fin a la Segunda Guerra Mundial. También reveló temores inéditos que acompañaron la humanidad en lo sucesivo y dibujaron una actitud que permeó a la cultura del resto del siglo XX

¿Cuándo se lanzó la bomba atómica a Hiroshima?

La mañana del 6 de agosto de 1945, el Enola Gay (un Boeing B-29 de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos) dejó caer sobre Hiroshima el arma más devastadora jamás creada por la humanidad: la bomba atómica. Tras seis horas de vuelo desde la isla de Tinian, en el Pacífico, el bombardero pilotado por el estadounidense Paul Tibbets alcanzó el blanco, una ciudad costera de 400 mil habitantes que fungía como un punto logístico clave para un ejército nipón cada vez más debilitado, pero reticente a rendirse.

Antecedentes de la bomba atómica

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Nube en forma de hongo sobre Hiroshima captada por un soldado estadounidense minutos desde el aire minutos después de la explosión de Little Boy. National Archives and Records Administration

Cinco meses antes de la bomba atómica de Hiroshima, Japón había sufrido el bombardeo no atómico más letal en la historia: la Operación Meetinghouse, una ofensiva aérea estadounidense que alcanzó su punto máximo el 9 y 10 de marzo de 1945, cuando 334 Boeing B-29 lanzaron sobre Tokio más de 1700 toneladas de bombas incendiarias de napalm. El ataque se extendió por un radio mayor a 41 kilómetros cuadrados en la capital y dejó más de 100 mil víctimas mortales y un millón de desplazados.

Un mes antes del ataque nuclear a Hiroshima, el 16 de julio de 1945, Estados Unidos detonó la primera bomba atómica en el desierto de Nuevo México. Se trató del primer ensayo nuclear de la historia, un ejercicio desarrollado por el polémico Proyecto Manhattan, una iniciativa entre Estados Unidos, Reino Unido y Canadá que unió a científicos con militares para dar forma a la bomba atómica, todo a partir del descubrimiento de la fisión nuclear en 1938.

Mientras la gestión militar del Proyecto Manhattan corrió a cargo del general Leslie R. Groves, un militar destacado por su gestión durante la construcción del Pentágono, el desarrollo científico que hizo realidad la bomba atómica fue encabezado por Robert Oppenheimer, un físico teórico estadounidense de origen judío que se unió al proyecto sorpresivamente, a pesar de su nula experiencia en la gestión de proyectos fuera de la academia.

Little Boy, la primera bomba atómica de la historia

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Hiroshima después de la explosión de la bomba atómica captada por el piloto del Elona Gay, Paul Tibbets. U.S. Navy Public Affairs Resources

A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945 y después de alcanzar los 10 mil metros de altura sobre Hiroshima, la tripulación del Enola Gay liberó a Little Boy, nombre con el que se bautizó a la bomba atómica de uranio desarrollada por el Proyecto Manhattan. 43 segundos después, Little Boy detonó a solo 600 metros del suelo: casi al instante, 16 kilotones de potencia explosiva incendiaron el aire de Hiroshima. 

La temperatura aumentó súbitamente hasta un millón de grados Celsius, provocando la muerte instantánea de unas 70 mil personas, una cifra que se duplicó en las horas posteriores a la explosión. El escenario se repitió tres días después en Nagasaki, con la detonación de la bomba Fat Man.

El legado de la bomba atómica

Las bombas atómicas detonadas en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 significaron el inicio de la rendición de Japón y el final definitivo de la Segunda Guerra Mundial con el cierre del frente del Pacífico. Tras el conflicto armado, el nuevo reparto del mundo entre los Estados Unidos y la Unión Soviética no sólo inauguró el enfrentamiento ideológico, político y militar a baja escala que marcó en definitiva el resto del siglo XX. 

El eco de la explosión en Hiroshima cimbró al resto del mundo: el poder de la bomba atómica (devenida en la tecnología de guerra más devastadora jamás creada por la humanidad) reveló temores inéditos que acompañaron la humanidad en lo sucesivo: con dos guerras en menos de tres décadas, el inicio de nuevas hostilidades que traerían consigo destrucción masiva se convirtió en un escenario tangible, una condición que acompañó a generaciones enteras, que al mismo tiempo que disfrutaron de un desarrollo tecnológico sin antes precedentes en un mundo cada vez más interconectado, crecieron bajo la sombra apocalíptica desplegada por la bomba atómica, el temor latente de que alguien apretara el botón.

Aún hoy, las reverberaciones de Little Boy y Fat Man se pueden rastrear en la cultura heredada de la segunda mitad del siglo XX, cuando el fin del mundo parecía —como nunca antes— abandonar el terreno de la ciencia ficción y poner en riesgo un frágil equilibrio que amenazaba con romperse en cualquier instante.

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Alejandro I. López

Alejandro I. López

Economista crítico. Editor Digital.

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