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Vivir en un coliving, ¿es vivir? Siete preguntas sobre la habitación millennial

Vivir en un coliving puede sonar a algo que no muchos harian, pero ¿ya pensamos de verdad por qué si y por qué no este formato de vivienda?
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«Millennials descubren la vecindad en México». Con dicha burla, a fines de 2019, se hacía eco de este nuevo formato de vivienda en nuestro país. O bueno, medianamente nuevo. Para aclarar, en las próximas líneas nos dedicaremos a desmadejar en qué radica la actual fama y cuáles podrían los escenarios a futuro de vivir en un coliving. Porque éste ha llegado y, seguro, está para quedarse por un largo tiempo.

De inicio, vivir en un coliving suena a un sinsentido que nuestros padres reprobarían o que “otros adultos” calificarían de absurdo. Es más. No nos vayamos lejos: muchos de nuestra generación aseguran que esto es una tomada de pelo. Que aquí hay charlatanería de por medio. Pero pensémoslo bien; el coliving, además de un negocio –por supuesto–, es resultado de nuestra transformación como sociedad y de los contextos económico-políticos que nos atraviesan como generación.

Así empezó esto…

 

NIU, un espacio de coliving en la colonia Narvarte, CDMX, me invitó a conocer sus instalaciones. Finalmente, todo se convirtió en una experiencia de 24 horas en la que pude ver de cerca los funcionamientos de este lugar y pensar mucho mejor cómo es que hemos llegado hasta aquí. Primero, qué es eso que nos conecta a tantos y tantos millennials. Aquello que nos hace considerar al coliving como una opción de independencia e instauración de vida adulta. Aunque suponga “sacrificar” garantías, beneficios o condiciones a las que, según la familia, debíamos aspirar. A pesar de que esto conlleve también una fuerte inversión, considerando nuestros ingresos.

Vivir en un coliving Niu Narvarte recámara

Para empezar, apuntemos: a los millennials –en nuestra más temprana adultez– nos ha impactado la peor recesión mundial en más de 75 años. También hemos sido testigos de la depredación ambiental, heredada de los boomers y los gen-x. Asimismo, somos una demografía arrinconada por los viejos valores del trabajo-sobre-la-calidad-de-vida, del individualismo y de la acumulación frenética. Tres fantasmas que la mayoría de los millennials no estamos dispuestos a conocer. Y ante todo ese contexto, somos una generación que hoy –y hasta un aproximado de 10 años– será la mayor fuerza laboral del mundo. Lo cual implica que los trabajos ya no son ni serán como los conocíamos y que el mercado se tendrá que transformar a nuestro paso, guste o no. Lo mismo con la vivienda.

Especialmente porque, a pesar de estar haciendo dinero, no ganamos lo suficiente como para dedicar incondicionalmente nuestros días a una empresa o para endeudarnos por años con bienes inmobiliarios. En México, por ejemplo, sólo el 4% de nosotros gana más de 13 mil pesos al mes; mientras que el 51% gana hasta 8 mil pesos mensuales (INEGI). Aun cuando quisiéramos, no podríamos adquirir tan fácilmente una vivienda. Y si a eso le sumamos una ruptura de estilo de vida con nuestros padres y abuelos, llena de viajes y perros en vez de hijos, el signo de éxito traducido en la compra de una casa ya no es una opción para nosotros. La prioridad se ha movido de lugar.

Estar ahí

 

Cuando llegué a NIU ese espíritu era palpable en el aire. Un montón de jóvenes no-tan-jóvenes conscientes de nuestro papel y de nuestra situación, pero aún así, respondiendo a nuestras necesidades de permanecer en la ciudad –especialmente por carrera profesional– y de nutrir un estilo de vida todavía aspiracional. Muchos de los que compartíamos casa esa noche fue notorio que éramos freelancers, start-uperos y entrepreneurs. Que huíamos en muchos sentidos de la semántica tradicional que embarga a nuestros padres: trabajos inflexibles, vestimenta rígida, horarios insatisfactorios y una sociabilidad fracturada, entre un largo etcétera.

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Estando en NIU también advertí otra cosa: había inquilinos que recién llegaban a la CDMX –del interior de la República o del extranjero–, que atravesaban alguna situación familiar pasajera, que decidieron vivir en un coliving pues «no necesitaban un departamento entero para ellos solos» o que preferían este espacio por un mix de coworking-vivienda. Y como el concepto de este coliving incluye muebles y servicios, prestándose a una ocupación inmediata, con rapidez la gente preparaba su mudanza y llegaba a dormir, sea cual fuese su historia de vida.

Sí. Puedo decir que es extraño llegar a una habitación que, a pesar de tener su buena dosis de privacidad (baño y cocineta incluidos), se fundamenta especialmente en todos esos rincones que más bien son públicos. Pero hasta no darle una oportunidad y vivirlo en carne propia, no pude pensar a profundidad lo que es un coliving y las implicaciones –o emergencias– que éste tiene.

Vivir en un coliving es otra estrategia de trabajo

 

Mi pensamiento número uno fue esto. De acuerdo con una encuesta de Deloitte en 2019, los millennials nos preocupamos a nivel global y con seriedad por el medio ambiente. Así, la contaminación que generamos al transportarnos a diario hacia nuestros trabajos y lugares de esparcimiento se unen a nuestro rechazo por espacios de trabajo tradicionalistas. Esos que son rígidos y poco sensibles al bienestar humano, primordial para el ADN millennial. Espacios como NIU, que cuentan con un área de coworking, entonces cobran bastante sentido.

Al principio, aclaro, he sido renuente a la idea de trabajar y vivir en el mismo espacio: tu casa. Sinceramente, creo que es un arma de doble filo; no faltan las empresas que abusan del home office como un sinónimo de haz-más-si-no-estás-aquí o trabaja-en-todo-horario-posible. Pero me parece que estableciendo límites con las empresas, vigilando que nuestros empleadores no huyan de sus obligaciones y cumpliendo con nuestras metas (sanamente establecidas), ¿a quién no le caería bien reducir el número de días en oficina?

Vivir en un coliving Niu Narvarte espacios

Avales y contratos forzosos

 

Pensamiento número dos. Estamos muy jodidos, pero tenemos que seguir adelante. Como generación, somos un sector mal-pagado que se enfrenta a un alto costo de la tierra, a grandes precios de inmueble construido y fuertes dificultades, por tanto, para acceder a créditos hipotecarios. Según la OCDE, fue la recesión de 2008 el último suceso económico que tuvo rudos impactos en nuestra vida y, de acuerdo con el OXFAM, somos resultado de que los salarios hayan crecido sólo un 3% entre 2011 y 2017, en todo el mundo. Incluso en el G7, cuyos países consideramos “ricos”. Lo cual nos hace una generación que vive encarnadamente la desigualdad entre trabajadores y capital, aunque nos guste pensar que no es así.

¿Entonces? No tenemos dinero para firmar contratos eternos ni para conseguir un aval, si es que queremos independizarnos de nuestras familias. Por eso, la flexibilidad de vivir en un coliving se convierte en una buena salida. Llegas, firmas el convenio, estableces el periodo que estarás allí y te quedas a vivir en tu nuevo espacio. En NIU me explicaban que esto suele variar el precio de tu arrendamiento, pero que trae mucha tranquilidad a los inquilinos y una noción de certezas que en un departamento clásico no existen.

Inversiones, inversiones…

 

Lo que me llevó al pensamiento tres. Un coliving como NIU, por naturaleza, se encuentra en una zona céntrica que garantiza conectividad con un estilo de vida citadino y diversos sectores laborales. Eso reduce tu inversión en transporte. También suele incluir en su precio aquellos servicios que son imprescindibles para nuestra vida contemporánea: electricidad, agua, gas e internet. Mínimo. Lo que hace de su renta un costo competitivo, frente a las tarifas de un departamento convencional que no incluye esto. Su tasa de reducción es, incluso, del 35%.

Y a esto se suman otros aspectos. Como los muebles, la cocina, el centro de lavado, el mantenimiento de las áreas comunes en el edificio, vigilancia y administración. En el caso de NIU esto también se encuentra sumado a la cuota mensual. Y es claro por qué. Somos una generación que se estrangula quincena a quincena por hacerse de sus bienes materiales. Que dada nuestra rotación de trabajos (injustos en su mayoría) y nuestra movilidad por la ciudad, no podemos darnos el lujo de cargar “hasta con el molcajete”. Por que es más: ni siquiera tenemos tantas cosas. A veces ni queremos tantas cosas. Con trabajos hemos procurado el fondo ideal para salir de casa de nuestros padres, como para ahora pensar en una sala que vaya más allá de un sillón con su mesita de centro. Nuestro interés está puesto en otro lugar.

Hacer comunidad y ser transversales

 

Pensamiento cuatro. No hay novedad en decir que los millennials apreciamos mucho aprender de otros y ayudar a los demás. Que mucho de nuestro espectro laboral (altamente creativo versus nuestros antecesores) se basa en la colaboración. Especialmente, porque sabemos que en lo individual no podríamos llegar muy lejos. Ni el dinero ni las estructuras clásicas nos lo permiten. Además de que ideológicamente no lo buscaríamos.

Vivir en un coliving Niu Narvarte amenidades

Según un estudio por el PEW Research Center de Estados Unidos, los millennials nos vemos a nosotros mismos como una demografía tolerante, diversa, con distintos valores, seguros de nosotros mismos y abiertos a toda experiencia. Lo cual nos lleva a un sentido de comunidad bastante férreo. El cual nos hace pensar que siempre es mejor actuar en colectivo que buscando solamente acciones o beneficios personales.

Así, no es de extrañar que espacios como NIU —que, a propósito, en catalán esta palabra significa “nido”— procuren interacción constante. Sean ideales para hacer redes de trabajo off-line y aprender más del mundo. NIU, por ejemplo, llega un poco más allá: organiza de vez en cuando noches de tragos, juegos, yoga, cine al exterior y demás. Todo incluido en los servicios sumados a la tarifa mensual. Lo cual, a escala, hace evidente cómo es la política millennial y nuestra ruptura con la economía del pasado, plagada de desigualdades y poco entendimiento hacia otras realidades.

Vivir en un coliving es una oportunidad hiper-millennial de valorar nuestras experiencias y didácticas, más que nuestras posesiones materiales. Que sí las hay, claro. Inclusive algunas de lujo, porque somos un sector permeado por un gusto evolutivo. Pero que resultan no ser tan esenciales como el hecho de vivir cosas increíbles a diario.

No es que no queramos, es que no podemos

 

«Si vas a pagar algo, que sea tuyo» es una frase que retumba en nuestra cabeza. Pero ¿qué podríamos pagar que fuera realmente nuestro? ¿Casas al interior de la República, bajo la promesa de convertirse en nuestros destinos vacacionales o de retiro? ¿Qué implicaciones tiene eso en nuestras finanzas y en la seguridad de esas zonas? ¿Son una inversión confiable? Pensar que el valor de los inmuebles sólo puede crecer, es un tipo de falacia generacional.

¿Departamentos en lo más alejado del centro geográfico de nuestra ciudad, que sí están a nuestro alcance financiero? No hay lógica en eso. Sobre todo si contamos la cantidad de horas y pesos que le vamos a dedicar a nuestro transporte. Porque, también pensemos, mientras las empresas sigan teniendo sus oficinas en Santa Fe, Interlomas, Polanco y semejantes —cerca de donde sí viven los directores de las compañías—, ¿qué haríamos hasta Ojo de Agua, Coacalco o Cuautitlán?

Vivir en un coliving Niu Narvarte habitación

Vivir en un coliving, por lo menos, maneja costos competitivos que te acercan a los epicentros laborales y culturales de la urbe. No podemos acceder a una propiedad privada, pero sí podemos tener la experiencia de una. Y NIU llega al término medio de eso. Un reporte de la firma Cushman & Wakefield México asegura que este factor de ubicación, en concordancia con sus propuestas de convivencia y accesibilidad, es clave para el crecimiento del coliving.

Hacia el futuro

 

Caminando por los pasillos de NIU, mientras iba de su roofgarden a la cancha de futbol, llegó la sexta reflexión. ¿Es nuestro destino millennial vivir en espacios con tantas amenidades y siempre dispuestas a trabajos tan techy? ¿Nunca querremos absoluta privacidad o una familia?

Puede que para algunos funcione y que el porvenir millennial se dé en una suerte de comunas o algo así. Sin embargo, y retomando un estudio de cambios demográficos hacia 2030 por Cushman & Wakefield, si los baby boomers finalmente reducen su tamaño en masa, esto podría ejercer una presión sistémica a la baja sobre los precios de la vivienda unifamiliar. Es decir, de aquí a unos cuantos años las ciudades viviremos un fuerte envejecimiento poblacional y las ofertas saldrán a nuestro encuentro. El mercado entonces deberá proporcionar la alternativa económica para que los millennials nos acerquemos a él.

Por ello, podemos decir que vivir en un coliving es un fenómeno que durará lo que tenga que durar. Que dará soluciones a una generación que no la ha pasado necesariamente bien, aunque los gen-x y los baby boomers digan que hemos estado en la gloria.

Vivir en un coliving Niu Narvarte pasillos

Soluciones y conclusiones

 

¿Son los colivings lo mejor que pudo habernos ocurrido jamás? No se trata, me parece, de ponerlo en términos de acierto económico o moral. Sino de ver todas las aristas posibles que tiene este proceso de vivienda actual. Y en mi caso, no fue hasta estar allí que pude pensar en varias de las razones que me llevarían a optar concienzudamente por un lugar como NIU. Supe después de esta experiencia que vivir en un coliving es una de las tantas soluciones que existen hoy para el gris panorama que tenemos los millennials. Que va dirigida a cierto público y cierto poder adquisitivo, sí; pero que tampoco podemos exigir un cambio drástico en esto. Por lo menos no ahora. Ya veremos en 10 años, cuando los millennials seamos la verdadera mayoría.

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