ATELIER 1: María Ponce en cómo se vive la Moda y un taller creativo

Descifrando cómo se dan los talleres creativos y de Moda en México, platicamos con María Ponce para aclarar las dudas. Éste es el primero de diez episodios.
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A la creatividad se le cree una virtud de pocos. Se ha hecho de ésta un fenómeno inexplicable o compuesto por genialidades en su sentido más metafísico posible. Se ha dicho incontables veces que la creatividad es un factor extraordinario en el grueso de la gente. Y sin embargo, en muchas ocasiones se le desprecia como desempeño profesional, como una fuente de ingresos o como un medio de realización personal. Aún siendo un “escaso” valor entre las personas, se le ha entretejido en la redes del prejuicio; uno que encuentra sus reclamos en la pérdida de tiempo, la tontería y el beneficio difuso. Al ejercicio creativo se le ama, se le desconoce y se le hace mofa. Se le critican sus tiempos y sus flujos de dinero. Se le premia y se le malpaga. Se le excluye del imaginario profesional. Y entonces, ¿qué hacemos aquellos que decidimos hacer de la creatividad nuestra vida? Más allá de lo que se le entienda o repruebe, ¿cuáles son los espacios en donde los creativos nos insertamos? ¿Cómo es que se posibilitan nuestras prácticas y se solucionan nuestras necesidades? ¿Qué lugar tenemos, tanto en lo físico como en lo ideal?

atelier maria ponce telas

A María Ponce le expuse estas ideas un par de veces y fueron suficientes para que decidiéramos sentarnos a hablar del tema con seriedad y urgencia. Ella, egresada de la universidad CENTRO de Diseño, Cine y Televisión, compartió desde el minuto cero la necesidad por escarbar en la realidad de quienes tenemos que sortear por las prácticas de eso que asombra, pero que no goza de las mejores condiciones políticas ni sociales –cuantimenos financieras– para su funcionamiento. María ríe cuando le digo que la creatividad se aplaude porque es una monada, pero que nadie le considera tan relevante como para auspiciarla. Me tranquiliza e intenta abrirme el panorama; me explica por qué ella considera que las cosas se dan así en México y cuáles son nuestras alternativas.

Con un vestido rojo que va del caramelo al escarlata, con sus icónicas gafas y esa actitud que siempre invita a lo curioso, María me recibe en su estudio y taller, que justo es también su departamento. Así lo acordamos para poder analizar en conjunto el hábitat de nuestro cotidiano: para revisar con lupa cómo es que se tienen que solucionar estos espacios en donde ejercemos nuestras profesiones. Me hace entrar en él y, sí, es todo lo que uno puede imaginar cuando ve a María. Allí hay un santuario. Un jardín de extrañezas. Una casita acogedora que sirve de templo para lo fantástico. Un gabinete, diría ella misma.

atelier maria ponce retrato

–¿Te dan miedo?– pregunta, mientras miramos a un grupo de cuatro minúsculas siluetas sobre una repisa. Son cuatro muñecas estilo american girl usando versiones compactas del diseño característico de Ponce. Y no. No dan miedo. Al contrario, son interesantísimas y el ejemplo perfecto de que estoy en la casa de alguien que siempre está en búsqueda de la belleza, aun cuando ésta traumatice a quien le tenga enfrente.

«Los creativos no sólo hacemos productos y servicios; lo sabes –me dice–. Sin embargo, lamentablemente, el Estado y muchas personas siguen viendo a nuestra industria como un sector que no da nada al país. Estuve investigando mucho sobre becas y apoyos para emprendedores en México; y varias, textual, dicen que no serán aceptadas o validadas aquellas propuestas que tengan que ver con Moda, Arquitectura y Deporte. El gobierno no te ayuda y no confía en que las artes puedan detonar algo, ¿te fijas? Apuestan, claro, por programas en Medicina, Ingenierías y similares, porque son las problemáticas de esas disciplinas y son sus especialistas los que sí traen provecho a las necesidades de nuestra sociedad. El país atraviesa un momento en donde otras cosas son más urgentes que el diseño».

María me explica que, en mucho, esto se debe a que los creativos tampoco somos conscientes en este contexto de lo que nuestro trabajo puede ofrecer en un sentido social; lo cual altera la manera en cómo nos desenvolvemos (los creativos) y resolvemos nuestra vida, nuestra labor y nuestros lugares. Sobre todo estos últimos, exactamente; es decir, cómo les costeamos, administramos y hacemos crecer.

atelier maria ponce volumenes

María me dice que allí, en donde estamos, no es propiamente un taller formal. Si lo fuera, necesitaría espacio para colgar sus telas, racks para sus colecciones, una bodega, etcétera. Al contrario, en donde se encuentra María Ponce, como marca, es un habitáculo pequeño que paso a paso se ha transformado para que la etiqueta prolifere. Es un departamento que ha tenido que mutar y adaptarse para ser vivienda, centro de trabajo y espacio creativo.

«Empecé poco a poco. Ya sabes. Primero con una máquina industrial, después con una overlock  experimentando con tal hilo, a ver qué telas son las que mejor iban con el proyecto… Yo siempre he creído que no importa dónde se haga, siempre y cuando se haga. La magia va a suceder. Por muy pequeño o muy grande que sea tu espacio, la atmósfera que crees y la calidad que presentes son esa chispa indispensable».

María juega adentro de su vestido flexionando las piernas hasta el pecho. Se convierte en una crisálida color rojo sobre una silla de madera en su habitación y me mira fijamente con los ojos enmarcados por sus enormes Versace.

atelier maria ponce volumenes

Le pregunto entonces qué hay en ese departamento al poniente de la Ciudad de México. Si es el lugar en donde vive y en donde trabaja y en donde las ideas fluyen, ¿qué se guarda en su interior? «Lo que hay en esta casa, los muebles, las cosas que me gusta coleccionar, es la suma de cosas que he descubierto en la vida. Esa constante de hallar objetos perdidos, antiguos, y con ellos generar nuevas colecciones es sumamente importante para este sitio. Mi taller y casa es una añoranza por el pasado; lo cual alimenta al espíritu de mi marca y la oda que siempre realizo a la belleza de lo antique. De eso que estuvo activo y hoy se encuentra transformado, detrás de una vitrina y que conforma nuevas formas de lo bello».

Con esto, me aclara que lo que veo a mi alrededor son distintas colecciones –de plantas, de cuadros, de libros, etcétera–, que funcionan entre sí, en lo individual y que le inspiran para seguir investigando y creando. Para María es importantísimo que lo cercano sea siempre incitante a la curiosidad y a lo narrativo. Y para que el taller funcione, ella tiene un tiempo y una rutina bastante bien marcados.

«Tengo un horario. Soy muy consciente del momento y de cómo saborearlo. Me levanto. Tomo un café. Voy al centro por tal o cual material. Creo que hay un proceso muy sistemático que se debe seguir, sin olvidar cuál es tu identidad como marca y como diseñador. Es aquí en donde leo, veo películas, investigo… porque así es nuestro trabajo. No me arrojo así sin más al boceto. Francisco Cancino, quien fue mi profesor, me hizo ver eso. Me hizo descubrir cuáles eran todos esos pasos. Y con ello en mente, se conformó al equipo de María Ponce y sus funciones. Así llegó una Jefa de Producción con mucha experiencia, quien es la cabeza fría y que nos recuerda ser más analíticos: Rosy Ponce. Nuestra mano formal. La de lo técnico, el patronaje, los gastos de producción… la que nos pone un freno cuando se nos nubla la vista de tanta pasión. También está Rolando, quien dirige relaciones públicas, shootings, videos y demás. Él es el Coordinador General. Un complemento súper importante que la marca necesita. Y somos tres personas aquí, aunque sabemos que están las costureras, el Asistente de Producción de Moda, las modelos y la maquillista que siempre nos acompañan en cada colección».

atelier maria ponce bocetaje

Andar por el departamento de María me pone feliz. Es como estar en un pequeñito bazar o en un viejo álbum de fotografías. Análogas, claro. Y justo. Entre todas las peculiaridades, individualidades y experiencias en su trayectoria –naciente pero prometedora a decir basta–, es evidente que su taller es un receptáculo de emociones y una generadora de memorias. Es un piso combativo. De lucha. Que busca la manera de seguir en pie y de solucionarse. Porque seguro todos quisiéramos una gran oficina o un enorme estudio para lo que hacemos desde el inicio de nuestro trabajo o marca; pero hay veces que no se puede. Y ni modo que entonces te detengas o digas «¡Ya! No hay manera».

María Ponce tiene un taller repleto de cariño y de empuje. Pequeñito, quizás. Pero con lo necesario para seguir creciendo y consolidar la marca que en él se gesta. Un espacio que improvisa y resiste. Porque los talleres creativos, la más de la veces, empiezan así. Aguantando y en cualquier localidad.

Ésta es una de las tantas versiones que podemos tener de un taller. Una de diez y entre cientos.

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