Día de las Madres: el festejo creado para frenar el feminismo en México

La historia del Día de las Madres en México dista de ser inocente y responde a una campaña mediática que pretendía frenar los derechos de las mujeres y su papel más allá del cuidado y sustento de los hijos
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A diferencia de un sinfín de festividades mexicanas que tienen su origen en la síntesis entre la tradición prehispánica y el rasero occidental, la historia del Día de las Madres, celebrado religiosamente cada 10 de mayo, es el relato de una campaña mediática creada con el único fin de frenar los derechos de las mujeres y establecer un férreo control sobre su cuerpo.

Es 1922 y el proceso de modernización (lo que sea que esto signifique) en México está en marcha. La Revolución parece llegar a su fin y tras el fracaso de las demandas más radicales y el triunfo del liberalismo, la noción de que la unidad nacional es el único camino para deshacerse del lastre del conflicto armado se impone desde el discurso oficial.

El objetivo de presentar a México como una nación próspera que se integra al gran concierto mundial de la mano de la industrialización y el crecimiento económico, se hace omnipresente. La construcción de un nacionalismo patriótico que se deshace de sus ataduras con el pasado y comprende sus orígenes para mirar hacia el futuro aparece en aulas, enormes murales de edificios públicos y por supuesto, en los incipientes medios de comunicación.

Pero la idea de progreso por sí misma parece estéril sin definir a sus ejecutores, la ciudadanía: desde esta óptica, la máxima de que no existe organización social más importante que la familia (conformada de forma inequívoca por un padre trabajador-proveedor, una madre amorosa y pesarosa cuya vida se reduce a lo doméstico, e hijos que encarnan la moral de los ciudadanos del mañana) se impone en el debate público.

En este esquema, la mujer aparece como el engrane más importante, no en términos de su realización personal o política, sino como el motor de una maquinaria encargada de reproducir las normas morales que rigen a la sociedad y las buenas costumbres, limitando todas sus potencialidades al papel de madre, receptáculo de emociones, servidumbre doméstica y criadora de ciudadanos ejemplares.

En suma, se trata de un discurso que considera la liberación femenina y su participación en la vida pública como un riesgo latente que de realizarse, podía resquebrajar a la sociedad. Ante tal peligro, se hace deseable la promoción de la renuncia femenina a toda participación pública y social, desde el ámbito académico, político o profesional. Desde esta perspectiva, el papel de la mujer en el México de mediados del siglo XX se limita a las labores domésticas, que tenían su obligación más elevada en su papel de tener y educar hijos.

Creando una tradición

 

Tal es el contexto del mensaje que apareció en la primera plana del jueves 13 de abril de 1922 del periódico Excélsior, una portada que habría pasado a la historia desapercibida, de no ser porque su convocatoria estableció los cimientos para hacer del 10 de mayo una fecha de culto en México:

“EL DÍA DE LAS MADRES. EXCÉLSIOR pretende que el diez de mayo de todos los años sea consagrado por los hijos a enaltecer en vida o en memoria a quienes les dieron el ser. Excélsior lanza la idea de que se consagre la fecha mencionada -diez de mayo- de una manera especial para rendir un homenaje de afecto y respeto a la madre; y pide la colaboración de sus colegas y del público para realizar ese levantado propósito”. 

La singular convocatoria, firmada por Rafael Alducin, director y fundador de Excélsior, respondía a dos poderosos motivos, la imitación de una costumbre estadounidense de reciente creación (el Día de las Madres fue proclamado oficialmente el segundo domingo de mayo en 1914 por el presidente Woodrow Wilson) y la otra, de una importancia aún más relevante: iniciar una campaña mediática para frenar la liberación de la mujer, la autonomía sobre su cuerpo y la maternidad libre y voluntaria.

Apagar un incendio: el feminismo en Yucatán

 

El proyecto emancipador de las mujeres tomó una fuerza inusitada en el sureste, una región que vio sofocadas al menos un par de rebeliones previas al estallido de la Revolución y donde una salvaje desigualdad sumaba al descontento de distintos sectores.

En Yucatán, las ideas anarquistas de Magón y el feminismo encontraron tierra fértil para propagarse en español y en maya, formando cuadros políticos cuyas demandas no cabían en el ideario de orden y progreso social dictado desde la capital del país.

El antecedente directo del movimiento de liberación de la mujer en el estado fue la Primera Liga Feminista Campesina, creada en 1912 por Elvia Carrillo Puerto. La llegada al poder de Salvador Alvarado y posteriormente de Felipe Carrillo Puerto, impulsó un programa socialista que no sólo tenía como objetivo frenar la explotación de la industria henequenera hacia los mayas, sino establecer nuevas bases a partir de la educación racionalista, el sufragio y los derechos reproductivos de las mujeres.

El Primer Congreso Feminista de Yucatán, celebrado en 1916, fue el evento que marcó el inicio de la ofensiva de Excélsior. Impulsado por el trabajo de referentes feministas como Consuelo Zavala Castillo, Elvia Carrillo Puerto y Hermina Galindo, en él se discutió no sólo la participación femenina en la vida pública, también la educación recibida desde la primaria, así como la educación sexual y el sufragio femenino.

“Una campaña suicida y criminal contra la maternidad”

 

A partir del evento, distintos folletos informativos sobre el matrimonio natural (sin la mediación de la iglesia) y el uso de métodos anticonceptivos comenzaron a circular por Yucatán, tanto en maya como en español. El Excélsior ponía énfasis en estos hechos, tildando de campaña suicida y criminal contra la maternidad lo que sucedía en el sureste del país:

“Hoy que en el extremo meridional del país se ha venido emprendiendo una campaña suicida y criminal contra la maternidad, cuando en Yucatán elementos oficiales no han vacilado en lanzarse a una propaganda grotesca, denigrando la más alta función de la mujer que no solo consiste en dar a luz, sino en educar a los hijos que forma de su carne (…) no hemos de ninguna manera llegado a esa aberración que predican los ” racionalistas” exaltados, sino que lejos de ello, sabemos honrar a la mujer que nos dio vida”.

Como era de esperarse, la iniciativa del Día de las Madres fue bien recibida por los sectores más conservadores del país. El Secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, decidió abanderar la causa en lo sucesivo, lo mismo que el arzobispado mexicano. Ambos coincidieron que este talante moral habría de alejar a la sociedad de vicios y encauzarla en las buenas costumbres:

“Comprendemos que no es fácil imponer en nuestro medio una nueva costumbre, por más hermosa y justiciera que ésta sea. Pero en el caso de que nos ocupamos, creemos que no tendrían que vencerse grandes resistencias para implantar esa práctica”, continuaba el Excélsior, que vio cómo su campaña era replicada en otros medios masivos, promovida por el gobierno y bien recibida por los negocios.

El Día de las Madres se consolida en México

 

A pesar de que la invención festiva cada año era mejor recibida por la sociedad mexicana, la campaña desplegada desde el diario con patrocinio oficial no se detuvo ahí: Excélsior publicó distintas convocatorias con el paso de los años, con el fin de mantener el tema vigente y dejar claro el deber-ser de las mujeres en México.

Para 1932, el periódico organizó un concurso para crear un monumento de ternura a la que nos dio el ser, que finalmente fue construido en 1949 y hoy permanece en los límites de las colonias Cuauhtémoc y San Rafael. El diario también premió a la madre con más hijos, a la madre ejemplar o a la madre viuda. Como bien resume Susana Vargas Cervantes en la Revista de la Universidad:

“Los fundadores del Excélsior, Manuel Becerra Acosta y el periodista Rafael Alducin se dieron a la tarea por más de cuarenta años consecutivos de afianzar el culto a la madre. Su periódico creó el premio a la madre más prolífica; en 1953 el premio a la madre viuda que con más sacrificios educó ejemplarmente a sus hijos; en 1959, a las madres solitarias, y en 1967 se premia a la madre más ejemplar”.

Resignificar el 10 de mayo en el presente

 

Desde entonces, en el imaginario colectivo de los mexicanos, el 10 de mayo se convirtió en una fecha enmarcada en el calendario para felicitar y reconocer a cada mujer por su papel de madre, una celebración que nació y creció con un talante reaccionario que no tiene cabida en el presente.

De ahí que el Día de las Madres en México en pleno siglo XXI sea resignificado por distintos sectores desde la protesta: es un día para recordar que la maternidad será voluntaria y deseada o no será, reivindicar los distintos tipos de familias en contra de los estigmas, o acompañar a las madres buscadoras de sus hijas e hijos víctimas de la desaparición forzada. Es tiempo de revertir el festejo y conmemorar con visión y memoria crítica un nuevo 10 de mayo.

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