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Sobre el Convento del Carmen en San Ángel y el oscuro secreto que esconde

El Convento donde habitaron los Carmelitas descalzos en el barrio de San Ángel incluye un museo con murales, arte virreinal con expresiones indígenas y una cripta con momias cuyo origen sigue siendo un misterio

A simple vista, el Convento del Carmen en San Ángel no luce diferente a otros que existen en la ciudad. De hecho, la barda que lo rodea, a diferencia del resto de la zona, luce descuidada; como si el tiempo se hubiese detenido en esa esquina desde hace décadas. Sin embargo, si uno se asoma, obtiene una vista completamente diferente, pues lo que otrora fue el lugar de oración de la órden de los Carmelitas descalzos, luce una fachada blanca que a la luz de Sol se vuelve una imagen digna de una estampa dominical. 

Por supuesto, como muchos de los templos que hay en la ciudad, éste “oculta” un par de curiosidades que hay que visitar. El templo en sí es un espectáculo, pero si uno es observador se percata de los logos del INAH grabados en los ventanales que están casi ocultos, los cuales indican que allí hay algo todavía más interesante. Y es que, apenas a unos metros del Convento del Carmen está el museo de sitio que hace casi cuatro siglos sirvió como hogar de los Carmelitas.

Salas y muestra

Desde la entrada, el museo deslumbra por la pintura mural que aún se conserva en gran parte de las paredes. En contraste con la vida austera y contemplativa de los frailes que habitaron el convento, el espacio que habitaban estaba ricamente decorado con pinturas murales de diferentes tonos. 

La mayoría de estos trabajos pictográficos presentan tonalidades negras o grises. Sin embargo, en algunas salas del museo, como lo que algún día fue el cuarto de visitas importantes o la capilla doméstica con su retablo decorado con hoja de oro, hay demostraciones bellísimas de arte virreinal y tequitqui que contrastaba dramáticamente con el estilo de vida monástico que ahí se practicó de 1617 a 1861, tras el triunfo de las tropas liberales en la Guerra de Reforma.

La vida en el convento

En su exposición permanente, El silencio de los carmelitas, el museo ofrece un panorama más o menos detallado de cómo era el estilo de vida de los frailes que deambularon en el convento a lo largo de casi dos siglos y medio. Gracias a que la sección de las celdas, los patios e incluso parte del huerto —que en sus mejores tiempos llegó a albergar a más de 13 mil árboles frutales—, uno puede reconstruir, obviamente a grandes rasgos, la rutina de quienes caminaron y habitaron estos pasillos. 

Incluso a través de las representaciones de los místicos San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, fundadores de los Carmelitas Descalzos, es posible reproducir los rituales de purificación y oración practicados por los miembros de la orden. Por ejemplo, en el cuadro de San Juan de la Cruz Penitente se observa la forma en la que los Carmelitas flagelan sus cuerpos no sólo para cumplir una penitencia, sino también para llegar a un estado catártico en que, según su experiencia, les permitía están más cercanos a Dios.

La cripta del Convento del Carmen

¿Pero qué es lo que diferencia a este ex convento de los otros que existen en la ciudad? Quien es paciente y se toma su tiempo para recorrer las primeras salas del museo, se encontrará con una peculiar y tétrica sorpresa. En una de las salas, que a primera vista se ve desocupada, hay una pequeña puerta que conduce a la cripta del convento, un espacio que alberga a 12 momias no identificadas.

Las paredes de la cripta, además de estar adornadas con finos detalles en oro, también tienen varias citas en latín que sirven como un recordatorio de que, en cualquier momento, uno va a enfrentarse a la muerte. Un mensaje macabro, sí, pero que nos ayuda a entender todavía más el estilo de vida de los Carmelitas y los conceptos sobre los que cimientan su ideología religiosa.

El misterio de las momias

Si bien uno pensaría que por estar en el convento estos restos pertenecen a frailes fallecidos en el mismo, la historia cuenta que, durante la Revolución, cuando las tropas zapatistas entraron al complejo buscando oro o algún producto que pudieran cambiar por dinero, escarbaron en el suelo de la cripta y encontraron estos cuerpos preservados que, al no tener valor alguno, dejaron amontonados en donde los encontraron.

Existen varias hipótesis acerca de quiénes pudieron ser los hombres y mujeres que hoy descansan en el Museo del Convento del Carmen. Aunque se sabe que dos de los cuerpos pertenecieron a religiosos y uno a una mujer embarazada, poco se sabe sobre sus nombres o parentescos. 

Una de las teorías más acertadas es que posiblemente se trata de los restos de la familia de Juan de Ortega y Valdivia, quien además de ser militar y veedor de oro y plata de la Nueva España, también fue el principal benefactor de la orden de los Carmelitas a quienes donó la capilla mortuoria con la única condición de que él y su familia fueran sepultados en el atrio principal de la iglesia para que los frailes rezaran por su descanso eterno.

Si bien es posible que estos datos nunca se sepan, también es un hecho que resulta emocionante imaginar la vida de quienes, de una u otra forma, quedaron inmortalizados en este magnífico museo que aún sigue maravillando a varios transeúntes que deciden tomarse un tiempo para conocer un pedacito de la historia de San Ángel. 

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Diego Cera

Diego Cera

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