Pearl (2022) suele leerse como una fantasía de female rage, un término que hace referencia a un recurso narrativo en el que un personaje femenino tiene un desborde emocional, explotando en ira, rabia o enojo; sin embargo, en este caso la violencia es una consecuencia de la violencia simbólica y estructural que les rodea. Más que una historia sobre la ira femenina, la película funciona como una exploración extrema de lo que ocurre cuando el cuidado se vuelve destino y el deseo queda sin salida.
El filme dirigido por Ti West y protagonizado por Mia Goth sirve como una precuela de la película X (dónde Pearl es la antagonista principal) y forma parte de la “TRILOGÍA X”. La película muestra a una joven Pearl en 1918 que vive en Texas en la remota granja de su familia, mientras su esposo servía al ejército estadounidense durante la Primera Guerra Mundial. Ella sueña con ser una estrella de cine, pero vive en un ambiente opresor, bajo la estricta vigilancia de su religiosa madre, mientras cuida a su padre discapacitado y con parálisis, también realiza las tareas del hogar y de toda la granja.
Pearl es una mujer cis atrapada entre sus deseos de una vida diferente, las expectativas de género sobre su cuerpo y la imposibilidad sexual, material y afectiva de realizarlos.
No es un caso clínico, es un síntoma social; en el que el trabajo de cuidados queda depositado en los cuerpos feminizados así como la obligación moral que exige abandonar la vida y los sueños al volverse cuidadora. Este ciclo naturalizado de expectativas de género puede llevar a generar una ambivalencia afectiva. Por tanto, el cuidado no es solo una relación afectiva, sino una práctica social atravesada por poder, desigualdad y obligación.
Desde la ética feminista del cuidado, autoras como Joan Tronto han señalado que el cuidado no es una expresión natural del amor, sino un trabajo socialmente distribuido de forma desigual, moralizado y mayoritariamente depositado en cuerpos feminizados. Cuando el cuidado se impone sin elección, sin reconocimiento y sin deseo, deja de ser cuidado y se convierte en una forma de violencia estructural.
Así, pensar el cuidado como una forma de trabajo naturalizado por una estructura patriarcal y no como expresión natural del amor de las mujeres o cuerpos feminizados, permite ver a Pearl no como una excepción monstruosa, sino como una exageración de una experiencia social ampliamente compartida y sistemáticamente silenciado
En este contexto, según la psicología, el cuidado no solo produce agotamiento y el síndrome del cuidador quemado, sino también afectos socialmente inconfesables, como el resentimiento y el odio, que rara vez encuentran un lenguaje legítimo para ser expresados. En este caso, resentimiento a quienes cuida.
Desde el psicoanálisis el amor y el odio no son opuestos, son coexistentes, especialmente cuando hay dependencia relacional. Cuidar en este contexto implica una obligación moral y una imposibilidad de huida.
El odio que emerge en Pearl no encuentra un lenguaje social legítimo para expresarse. No puede decirse sin volverse monstruoso. El terror aparece, entonces, como el único registro posible para narrar ese afecto prohibido.
La protagonista, no odia a su madre, odia lo que representa… la estructura que le impone un trabajo de cuidados y una vida sin salida.
Pearl no es el horror de una mujer que odia cuidar, sino el de una sociedad que obliga a hacerlo sin ofrecer salida, reconocimiento ni deseo.



